Las mujeres libres en
Grecia carecían de
derechos políticos.
Estaban sometidas al varón, ya fuese éste el padre o el
marido, y sus movimientos estaban muy restringidos. Las que
pertenecían a las familias acomodadas salían en escasas ocasiones de su hogar,
y dentro de éste tenían asignado su espacio particular: el "gineceo". Gineceo era un lugar específicamente
para la exclusión de la mujer y era un departamento que estaba al final de la
casa.
Y lo que podemos
apreciar es que muchas actividades reservadas a los varones (como la
asistencia a los juegos) eran prohibidas a la mujer.
Tampoco acceder a
educación alguna. Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas
y la instrucción no se dirigía a ellas. La marginación del sexo femenino
comenzaba de hecho desde la concepción. Los griegos no eran ambiciosos, el
trabajo era el imprescindible para mantener una vida digna, incluso a veces
simplemente una vida. No se podía mantener a muchos hijos: un varón que
heredara los bienes familiares y una hija que entregar en matrimonio, gravosa
por la obligación de otorgarle una dote, eran más que suficientes. Los medios
anticonceptivos eran rudimentarios y, aunque se practicaban abortos, era
frecuente el nacimiento de hijos no deseados. Se podía admitir un hijo más,
pero era raro que se criara a dos hijas..
Si la niña crecía en el seno familiar, no podía Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Y lo que aprendían quedaba relegado a la vida en la casa: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas, el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. Sus salidas se limitaban a recoger agua en las fuentes próximas, en las que se desarrollaba su escasa vida social. Incluso quedaban excluidas de las cenas que sus maridos celebraban en el hogar en compañía de sus amigos a las que no era raro que acudieran prostitutas al final de la noche. Los matrimonios no eran fruto de una relación privada hombre-mujer, sino una transacción masculina, un contrato entre el padre de la novia y su futuro marido. El padre entregaba a la hija junto con una dote, y ésta pasaba de la casa paterna a la casa del marido, propiciando con ello el orden ciudadano: la herencia y los hijos legítimos, futuros ciudadanos de la polis. Las muchachas solían casarse cuando llegaban a la pubertad, mientras que los hombres lo hacían ya en una edad madura para la esperanza de vida de la época, en torno a los treinta años.
Todo ello hacía difícil que hubiera un acercamiento igualitario y satisfactorio entre hombres y mujeres, incluso entre esposos. Difícilmente podría encontrar alicientes un hombre culto en la relación con su mujer debido a sus carencias. Los hombres encontraban más ocasiones de compartir sus intereses y aficiones con personas de su mismo sexo, lo que propició en la sociedad ateniense las relaciones homosexuales entre varones, en absoluto mal vistas, y el éxito de las pocas mujeres cultivadas que tuvieron ocasión de vivir en la Atenas del siglo V: las hetairas. La misma palabra con que se las designa, hetairas, dice mucho de su consideración entre los hombres: significa compañera, plano de igualdad del que distaban mucho las esposas legítimas de los atenienses.
Si la niña crecía en el seno familiar, no podía Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Y lo que aprendían quedaba relegado a la vida en la casa: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas, el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. Sus salidas se limitaban a recoger agua en las fuentes próximas, en las que se desarrollaba su escasa vida social. Incluso quedaban excluidas de las cenas que sus maridos celebraban en el hogar en compañía de sus amigos a las que no era raro que acudieran prostitutas al final de la noche. Los matrimonios no eran fruto de una relación privada hombre-mujer, sino una transacción masculina, un contrato entre el padre de la novia y su futuro marido. El padre entregaba a la hija junto con una dote, y ésta pasaba de la casa paterna a la casa del marido, propiciando con ello el orden ciudadano: la herencia y los hijos legítimos, futuros ciudadanos de la polis. Las muchachas solían casarse cuando llegaban a la pubertad, mientras que los hombres lo hacían ya en una edad madura para la esperanza de vida de la época, en torno a los treinta años.
Todo ello hacía difícil que hubiera un acercamiento igualitario y satisfactorio entre hombres y mujeres, incluso entre esposos. Difícilmente podría encontrar alicientes un hombre culto en la relación con su mujer debido a sus carencias. Los hombres encontraban más ocasiones de compartir sus intereses y aficiones con personas de su mismo sexo, lo que propició en la sociedad ateniense las relaciones homosexuales entre varones, en absoluto mal vistas, y el éxito de las pocas mujeres cultivadas que tuvieron ocasión de vivir en la Atenas del siglo V: las hetairas. La misma palabra con que se las designa, hetairas, dice mucho de su consideración entre los hombres: significa compañera, plano de igualdad del que distaban mucho las esposas legítimas de los atenienses.

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